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Hoy escribo desde la rabia, desde el dolor y desde una vergüenza profunda. Y sí, escribo llorando.

Lo ocurrido en Sídney no es un “incidente”, no es un suceso más en la sección internacional, no es una noticia tratada con eufemismos para no incomodar. Es un atentado, con al menos doce personas asesinadas y un número incalculable de heridos. Y lo más grave: un atentado contra la comunidad judía. Nombrarlo importa. Ocultarlo también dice mucho.

Desde España, mi país, la forma en que se ha contado esta tragedia es indignante. Los medios hablan de “gente”, de “personas”, de “un lugar”. Pero se evita decir claramente que las víctimas pertenecen a la comunidad judía. Como si nombrarlos molestara. Como si reconocer quiénes son las víctimas fuera incómodo. Como si el antisemitismo no mereciera ser señalado con todas sus letras.

Pero esto no es solo un problema de los medios. Es un problema del Gobierno de España, que lleva tiempo eligiendo el silencio, la ambigüedad o directamente una postura hostil cuando se trata del pueblo judío. Un gobierno incapaz de condenar con claridad el odio antijudío, incapaz de mostrar empatía, incapaz de estar del lado de las víctimas cuando no encajan en su relato ideológico.

Y no es solo España. Es el mundo entero, que parece haber normalizado el odio hacia los judíos. Un mundo que condena unas violencias y justifica o minimiza otras. Un mundo que exige nombres y responsabilidades solo cuando le conviene. Un mundo que ha decidido que el dolor judío molesta, incomoda o estorba.

Ese silencio no es neutral. Es cobarde. Y es parte del problema.

Me avergüenza profundamente la actitud de mi país y de gran parte de la comunidad internacional, que mira hacia otro lado cuando el odio va dirigido contra los judíos. Se condena la violencia solo cuando es políticamente rentable. Se diluye la verdad para no incomodar a nadie. Y mientras tanto, el dolor es real, los muertos son reales y el miedo que vive el pueblo judío en tantos lugares del mundo también lo es.

Desde aquí quiero expresar toda mi indignación, pero también todo mi dolor, mi apoyo, mis condolencias y mi solidaridad absoluta con el pueblo judío. Con las víctimas, con sus familias, con una comunidad que una vez más es atacada y, además, silenciada.

Nombrar es un acto de justicia.

Callar es una forma de complicidad.

Y hoy, gobiernos, medios y buena parte del mundo han elegido callar.

Estoy con vosotros. No estáis solos.

AM ISRAEL JAI