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Vivimos tiempos en los que la tecnología avanza a una velocidad que apenas nos permite comprender sus consecuencias. La inteligencia artificial ha irrumpido en nuestras vidas para ofrecernos posibilidades que hace apenas unos años parecían ciencia ficción. Puede ayudarnos a investigar, aprender, crear y comunicarnos. Sin embargo, como ocurre con casi todo aquello que cae en manos humanas, también puede convertirse en un instrumento peligroso.

Lo estamos viendo en Europa.

Las imágenes de disturbios, destrozos, saqueos y enfrentamientos en distintas ciudades nos obligan a mirar más allá de lo que sucede en las calles. Porque una parte de lo que está ocurriendo puede comenzar mucho antes, detrás de una pantalla, en redes sociales y grupos digitales donde se difunden mensajes, convocatorias e imágenes manipuladas para provocar reacciones, alimentar enfrentamientos y movilizar a personas que, en ocasiones, ni siquiera conocen quién está detrás de esas iniciativas.

La inteligencia artificial añade una nueva dimensión a este problema. Permite fabricar imágenes, vídeos y mensajes capaces de confundir, manipular y alimentar el descontento. Puede dar apariencia de realidad a acontecimientos que nunca sucedieron y amplificar discursos que buscan enfrentar a unos ciudadanos con otros.

Pero conviene hacer una distinción: la inteligencia artificial no es responsable de la violencia. La responsabilidad corresponde a quienes deciden utilizarla para engañar, incitar al odio o promover comportamientos delictivos.

Y aquí aparece otro actor que no podemos dejar al margen: los medios de comunicación.

En una sociedad saturada de información, el periodismo debería ser precisamente el filtro que nos ayudara a distinguir los hechos de la manipulación. Sin embargo, algunos medios parecen haber olvidado esa responsabilidad. Noticias sin contrastar, imágenes sacadas de contexto, titulares deliberadamente alarmistas e informaciones manipuladas terminan ocupando espacios que deberían estar reservados al rigor y a la veracidad.

La inteligencia artificial ha complicado todavía más este escenario. Hoy es posible fabricar imágenes, voces y vídeos de acontecimientos que nunca han sucedido. Pero el problema no reside únicamente en quien crea esas falsedades, sino también en quien las reproduce sin verificar su autenticidad o, peor aún, conociendo su origen.

Cuando la información se convierte en un instrumento para alimentar el miedo, enfrentar a la sociedad o defender determinados intereses, el periodismo deja de cumplir su función esencial.

Y una ciudadanía desinformada es también una ciudadanía más vulnerable a la manipulación.

Pero ¿dónde está el Estado ante todo esto?

No basta con lamentar los acontecimientos cuando las calles ya están destrozadas y los ciudadanos sienten inseguridad. Los gobiernos tienen la obligación de anticiparse, investigar las redes que promueven la violencia, exigir responsabilidades a las plataformas digitales y garantizar que las nuevas tecnologías se utilicen dentro de un marco legal.

Europa ha comenzado a establecer mecanismos de regulación de la inteligencia artificial, pero las leyes, por sí solas, no bastan. Hace falta vigilancia, educación digital, transparencia y, sobre todo, voluntad de actuar.

Tampoco podemos olvidar que regular no significa censurar. La libertad de expresión y el derecho a manifestarse deben seguir siendo pilares de cualquier sociedad democrática. Pero ninguna libertad puede servir de justificación para destruir, saquear o agredir.

Quizá el verdadero problema no sea que las máquinas estén aprendiendo a pensar, sino que algunas personas estén utilizando su capacidad para pensar cada vez menos.

La inteligencia artificial puede ser una de las grandes conquistas de nuestro tiempo. Que termine siendo una herramienta de manipulación, violencia y enfrentamiento dependerá, en buena medida, de los límites que seamos capaces de establecer y de la responsabilidad con la que decidamos utilizarla.

Porque el progreso tecnológico no siempre significa progreso humano.

Lydia Ramis