El año pasado publiqué en septiembre Estación de Francia. Lo que mi padre nunca contó. Durante mucho tiempo pensé que, cuando consiguiera poner el punto final a aquella historia, sentiría que había cerrado un círculo.
Y, en cierto modo, así fue.
Había conseguido encajar piezas que durante años habían permanecido dispersas. Recomponer unos diarios, los de mi padre, que durante años investigue. Recuerdos, silencios, preguntas, documentos, conversaciones, ausencias… Todo aquello que durante tanto tiempo había formado parte de mi vida sin que yo supiera muy bien dónde colocarlo, finalmente encontraba su lugar.
Pero ocurrió algo que quizá quienes escriben conocen bien, cuando una historia termina, no necesariamente se acaba todo. A veces sucede justamente lo contrario.
Cuando consigues ordenar una historia, empiezas a mirar de otra manera todo lo que la rodea. Y entonces aparecen nuevas preguntas. Recuerdos que regresan. Episodios que parecían olvidados. Personas, lugares y momentos que adquieren un significado diferente a la luz de lo que acabas de comprender.
Y ahí estoy ahora.
Frente al reto de escribir un segundo libro.
No quiero que sea una continuación convencional de Estación de Francia. Quiero retroceder en el tiempo. Contar la historia que, de alguna manera, precede al libro, mi propia historia, mis experiencias, las circunstancias que me fueron construyendo y las vivencias que, sin que yo lo supiera entonces, terminarían llevándome hasta el momento en que decidí sentarme a escribir la historia de mi padre.
Mi vida ha sido intensa. He vivido en distintos lugares por motivos profesionales, he conocido mundos muy diferentes, he sido madre y he atravesado etapas extraordinariamente felices y otras muy difíciles. Algunas experiencias me han dejado una huella profunda. También mi historia familiar, especialmente mi relación con mis padres y mis hermanas, tuvo momentos complejos y dolorosos. No fue un camino fácil.
Y quizá algunas de aquellas circunstancias hicieron que, en determinados momentos, tomara decisiones demasiado deprisa, decisiones que entonces parecían necesarias y que solo con el paso del tiempo he podido mirar con cierta distancia.
No quiero contar mucho más. Al menos todavía.
Porque precisamente ahí está la historia que quiero escribir.
Será, por tanto, una especie de viaje hacia atrás para poder entender mejor el camino recorrido. Para intentar comprender no solo qué ocurrió, sino también quién era yo en cada uno de esos momentos y cómo todas aquellas experiencias fueron conduciéndome, casi sin saberlo, hasta aquella mujer que un día decidió escribir Estación de Francia. Lo que mi padre nunca contó.
Y confieso que comenzar de nuevo produce una mezcla extraña de ilusión y vértigo.
Porque escribir un libro no consiste solamente en sentarse delante de un ordenador y llenar páginas. Es volver a entrar en lugares de uno mismo que quizá llevaban mucho tiempo cerrados. Es elegir qué contar, pero también enfrentarse a lo que uno había preferido no mirar demasiado de cerca.
Esta vez, además, sé que el viaje será todavía más personal.
Todavía no sé exactamente adónde me llevará este nuevo libro.
Pero sí sé de dónde parte.
Parte de una vida vivida. De muchos lugares, muchas experiencias y muchas decisiones. De momentos luminosos y de otros oscuros que dejaron heridas. De encuentros y despedidas, de pérdidas, de aprendizajes y de esas pequeñas piezas que, con el paso de los años, terminan formando el relato de quienes somos.
Y parte también de una necesidad: entender cómo llegué hasta aquí.
Quizá eso sea lo más fascinante de escribir: descubrir que nuestra propia vida también puede esconder una historia que todavía no habíamos sabido contar.
Y ahora me toca descubrirla.
Otra vez, toca escribir.